El discurso poético, Capítulo primero:

Las causas del desorden y su definición

La extrañeza y confusión de los versos en estos años, introducida de algunos, es queja ya universal entre cuantos conocen o bien desconocen nuestra lengua. Ofén dense los buenos juicios y juntamente se compadecen, viendo el disfraz moderno de nuestra poesía, que siendo su adorno legítimo la suavidad y regalo, nos la ofrecen armada de escabrosidad y dureza. Mas junto con este sentimiento, es tanta la modestia de muchos, que llegan a mostrar- se dudosos sobre si este modo de escribir, siendo a todos molesto, es en alguna manera acertado, si esconde misterios de ingenio, si alguna utilidad o circunstancia oculta por donde merezca estimarse y ser admitido de los nuestros. O ya que nada merezca, desean saber en qué se funda, de qué causas procede y por qué le apetecen sus autores, pues no es creíble que sin ningún fin o interés aunque sea engañoso nadie elija y abrace un error. Este celo tan cuerdo de los dudosos merecería ser correspondido de quien pudiese vencer sus dificultades, y aunque yo no me prometo tanto, quise

tentar si en limitado discurso cabía enteramente la satisfacción de la duda, que a muchos la debo por pregunta. Con este solo ánimo escribo este papel, donde no se culpa a ningún autor ni obra alguna señalada; sólo me remito a aquellas en que se hallaren los abusos aquí reprobados, dejando salvo derecho a los autores para que cuando acierten lo celebremos, que posible es la enmienda aunque difícil en nuestra esperanza, y en cualquier tiempo que la haya será agradecida de los cuerdos.

Es, pues, la suma de mi persuasión que el intento original de los autores propuestos, en su primera raíz es loable, porque sin duda los mueve un aliento y espíritu de ostentarse bizarros y grandes, mas, engañados al elegir los medios, yerran en la ejecución tanto que los efectos son vituperables y justa- mente aborrecidos, no en parte alguna útiles, antes en extremo dañosos a nuestra lengua y patria, introduciéndose en ella tal linaje de escritos y versos. Este sentimiento seguiré con la explicación en las breves hojas de este cuaderno, dividido en seis partes o capítulos. En este primero digo:


1. Las causas del desorden y su definición. 2. Los engañosos medios con que se yerra. 3. La molesta frecuencia de novedades. 4. El vicio de la desigualdad y sus engaños. 5. Los daños que resultan y por qué modos. 6. La oscuridad y sus distinciones.

Sean primer fundamento aquellas sentencias comunes del gran lírico [Ad Pisones]:

Maxima pars vatum [pateret iuvenespatre digni], decipimurspecierecti.

In vitium ducit culpae fuga, si caret arte.

Dice que a las virtudes poéticas se acercan varios vicios parecidos a ellas, y que muchos se engañan con la imagen o especie de virtudes que falsamente le representan, esto es: decipimur specie recti. Dice también, confirmando lo mismo, que el huir de un vicio nos lleva muchas veces a otro, si con buen arte y estudio no sabemos conocerle y distinguirle de la virtud: In vitium ducit culpae fuga, si caret arte.

Varios son los caminos de incurrir en este engaño. Hay poetas que por escribir recatado escriben abatido, y el huir de la temeridad los lleva ala cobardía. Otros, por ser suaves y puros, son desnervados y flojos, huyen lo rígido y vanse a lo lánguido. y para no detenerme en ejemplos, voy al camino que principalmente siguen los poetas que ahora notamos.

Digo que estos se pierden por lo más remontado, aspiran con brío a lo supremo: esta es la virtud que procuran. Pretenden, no temiendo el peligro, levantar la poesía en gran altura y piérdense por el exceso. Lo temerario les parece bizarro: esta es la especie de rect04 que los engaña, y huyendo de un vicio que es la flaqueza, pasan a incurrir en otro que es la violencia. La primera raíz del intento alabo ya un tiempo mismo vitupero los engañosos medios y los errados efectos en la ejecución porque aspirando a lo excelente y mayor, solo aprehenden lo liviano y lo menos, y creyendo usar valentías y grandezas solo ostentan hinchazones vanas y temeridades inútiles.

Advirtiólo en breve Quintiliano donde dijo [lib. 10, cap. 2] 5: Hay autores que se abrazan de los vicios cercanos a las virtudes, en vez de ser grandes son hinchados y en vez de fuertes, temerarios. Proxima virtutibus vitia comprehendunt, fiuntque pro grandibus tumidi, pro fortibus temerarii. Luego Gelio [ lib. 7 , cap. 14] 6, acerca de los estilos: Para estas virtudes dice hay otros tantos vicios que mienten su modo y su hábito con falsos simulacros. Así muchas veces los hinchados y llenos de viento engañan por abundantes y fértiles. His singulis [orationis] virtuti- bus tumidi, pro fortibus temerarii. Luego Gelio [lib. 7, dum et habitum simulacris falsis ementiuntur. Sic plerumque sufflati atque tumidi fallunt pro uberibus.

Casi lo mismo considera el autor a Herenio [Rhetor., lib. 4]. y antes que todos Demetrio Faléreo [De elocutione]; De la manera dice que algunos malos defectos se acercan a virtudes loables, como la sobra- da vergüenza a la modestia y el arrojamiento al valor, de la misma manera a los estilos de locución se hallan vecinos algunos vicios. Diremos primero del que se acerca al estilo magnífico. A este vicio le llaman frígido, cuyo nombre define Teofrasto diciendo: Frígida locución es aquella que sobra a sí propia ya lo mismo que pretende decir. Traducido por Pedro Victorio, suena así: Quemadmodum autem propin- qua sunt improba quaedam quibusdam probis ac laude dignis, confidentiae qui.dem audacia, verecundia autem pudori. Eodem pacto locutionis notis vicinae sunt vitiosae quaedam. Primum autem de ea, quae vicina est magnificae dicamus. Nomen igitur ipsi impositum est frigidum Theophrastus hoc pacto: Frigidum est, quod excedit suam propriamque enuntiationen. I

Habiendo nombrado. a este vicio temeridad, hinchazón y viento, es acierto llamarle también frialdad, porque pretendiendo un ingenio extremos briosos, consigue solo desaires frívolos, y en vez de agradar al oyente y mover su espíritu, le desgracia y le hiela. Lastimosos efectos de la demasía, siempre más ofensible que la cortedad: Etsi enim suus cuique modus est, -dice Tulio a Bruto (ln Oratore) – lamen magis offendil nimium quam parum.

Esta perdición por excesos, cuyo efecto es frío, hinchado y temerario, es también una suerte de vicio que los griegos llaman *****, de que hablan grandes autores ( lucianus in Dialogo de saltatione; idem in Lexiphane. Seneca rhetor, lib. 4, contr. 25. Quintil. lib. 8, cap. 3 y 6. Scaliger. Poet. lib. 3, cap. 27) II. Significa la voz cacozelía un mal celo y vituperable por demasiado, una afectación y vehemencia por adelantar nuestras fuerzas y pasar a imposibles, perdiéndonos en la pretensión. Este es el error primitivo y el vicio capital en que hoy incurren los ingenios de que tratamos. Quieren salir de sí mismos por extremarse, y aunque es bien anhelemos a gran altura, supónese que esos alientos guarden su modo y su término, sin arrojarse de manera que el vuelo sea precipicio y por alcanzar al extremo aun no lleguemos al medio. Sin pasar a otro intento, mostraré que debieran estimarse estos bríos si todos sus arrojamientos no fuesen al fin perdiciones.

Veo en Séneca un lugar insigne, que si bien le acomoda al calor de Baco, en efecto, describe con alto modo el espíritu poético (o le llamemos furor, manía o insanía). Este lugar y otros muchos pienso darles a los briosos, porque peleen con armas y sepan lo más que se halla en defensa aparente de sus demasías. No puede hablar cosas grandes -dice Séneca [De tranquil. an. in fine] – y superiores a otros, sino conmovida la mente. Cuando ella desprecia lo vulgar y usado, y con instinto sacro se levanta excelsa, entonces canta mayores cosas y supremas a mortal voz. Ni puede arribar a lo arduo y sublime mientras se limita en sí misma; conviene que se exceda en sus comunes fuerzas, que se adelante, y que mordiendo el freno arrebate al que la rige y le lleve donde él por sí solo temería subir. Véase ahora las mismas palabras en su fuerza nativa, y no parezca superfluo si las más veces trasladare lo latino y vulgar, pues hay aficiones a todo: Non potest grande aliquid et supra caeteros loqui, nisi mota mens. Cum vulgaria et solita contempsit, illstinctuque sacro surrexit excelsior, tunc demum aliquid cecinit grandius ore mortali. Non potest sublime quicquam et in positum contingere, quamdiu apud se est. Descisct oportet a solito, et efferatur, et mordeat frenos, et rectorem rapiat suum, eoque ferat, quod per se ti,nuisset ascendere.

Este ardor o este arrobo tan alto compete a los grandes poetas. No es menos lo que debe el ingenio moverse y excitarse si propone a sus obras aplausos superiores. Mas debe (¿quién lo duda?), conseguir buen efecto destos ardimientos y raptos, emplearlos digo principalmente en conceptos sublimes y arcanos de que habla Séneca, no en lo inferior y vacío de las palabras, con que solo se enfurecen algunos. y como quiera que se arroje, el espíritu debe salir a salvo del peligro, que es todo el ser de las empresas; y en las de poesía, tan difícil que pide gran fuerza de ingenio, estudios copiosos, artificio y prudencia admirable. Tales pertrechos han de asegurar el furor cuando se arroja o engolfa, y quien no se sintiere tan prevenido, retírese ocioso a la orilla y no navegue por más que le incite su espíritu.

Parece que todo les falta a nuestros modernos y que quisieran con el aliento solo conseguir maravillas sin costa: los efectos me lo aseguran. Porque no son sus éxtasis o raptos en busca de peregrinos conceptos: remotos van sus ingenios dese rumbo. Por locuciones solas se inquietan y en tan leve designio se pierden. Con este solo viento desatan las velas todas al ímpetu de su furor, y pretendiendo navegar velocísimos, zozobra la nave y se anega como probará este discurso.

Es efecto muy contingente en los que desean lo excesivo, por el mismo caso no conseguir aun lo mediano, incurriendo en su daño y su afrenta, ya estos con propiedad comprende la cacozelía. Explicaréme con ejemplos: muchas veces un tirador de barra, empleando gran ímpetu en adelantar sus fuerzas, suele desbarrar y perderse; lo mismo sucede al que salta; lo mismo al que juega ala pelota y a otros. Así nuestros poetas, esforzándose en demasía sobre su aliento mismo por llegar a extremos sin límite, les sale después lo compuesto como a pelota que se torció en la pala e hizo falta queriendo exceder largas chazas; como salto desbaratado, que por aventajar a otros descaece y tropieza; y, finalmente, como barra que se desliza de

la mano y quebranta el brazo, dejando el tiro más corto en vez de adelantarle.

Ejemplos destos desaires se refieren por grandes poetas. Cuando el esgrimidor o púgil Entelo levantó la diestra con mayor ímpetu para aterrar al contrario, entonces -dice Virgilio (Aene. lib. 5) – se vio él mismo ir a tierra con gran fracaso.

Entelus vires in uentum effundit et ultro

ipse gravis, graviterque ad terram pondere vasto

concidit,………………………………………………………..

Y en los juegos que describe Estacio (Teb. lib. 6), cuando Partenopeo se adelantaba a todos en la carrera y ponía más esfuerzo en tocar la meta, entonces lloró su caída y su pérdida:

…………………iam finem iuxta dum limina victor

Parthenopaeus init etc. [………………………………

………………………………………………………………..]

Parthenopaeus humo, vultumque oculosque

Madentes ovruit ………………………………………

Desmanes propiamente de la cacozelía y efectos suyos. Los modos de perderse en ella son varios, pero excediendo siempre a la demasía como queda advertido.

Juan de Jáuregui

(Sevilla, 1583-Madrid, 1641) Escritor y pintor español. Defendió a Cervantes y a Lope de Vega y atacó a Quevedo y a Góngora, contra quien escribió Antídoto contra las Soledades y El discurso poético (1623). Como poeta, sus obras se dividen en dos etapas: una de tipo italianizante (Rimas, 1618) y otra cercana al culteranismo (Orfeo, 1624; Apología de la verdad, 1625). En la actualidad, su personalidad como pintor resulta borrosa; se le atribuye un retrato de Cervantes.