Una noche, el viejo Caedmón,
aquél que siempre se avergonzaba y rechazaba el arpa
al llegarle su turno de cantar, dejó la mesa,
se fue a dormir a los establos para cuidar de las caballerías
y en su sueño le dijo un hombre:
“Cántame alguna cosa”.
“No sé cantar, por eso vine aquí”.
“Cantarás —le instó el otro— voy a decirte qué:
el origen del mundo”.
Caedmón cantó y no sabía
qué iba diciendo, nunca
oyera hablar de aquello que nombraba,
pero cantó y cantó entre el áspero
olor de los caballos y el vaho acuchillado por el frío,
y al despertar recordó el tema:
la creación del mundo.
Nunca llegó a leer. Los monjes
de Hild le referían pasajes
de los libros antiguos y Caedmón los rumiaba
como un limpio animal y los hacía
verso. Cantó así la venida del hombre,
miles de nacimientos, de agonías,
las migraciones, el Mar Rojo,
hasta Cristo y sus enseñanzas
antes de que la Iglesia las ajase.

Así de sabio y de inocente el canto que quisieras para ti.

Fernando Quiñones ©

Caedmón (siglo VI o VII) es el primer poeta inglés cuyo nombre se ha conservado. Beda refiere la onírica historia de su obra.

 

Poeta y narrador español, consiguió cerrar una obra consolidada aunque discutida, que une fantasía e imaginación con una fuerte dosis de realismo expresivo. Se le consideró flamencólogo eminente y escribió algunos libros de relatos sobre temas taurinos. Ha producido una literatura tierna, satírica, socarrona y a la vez erudita. Nació en Chiclana de la Frontera (Cádiz) y su extensa obra poética se comenzó a publicar a mediados de la década de 1950. Ha escrito libros tan significativos como Cercanía de la gracia (1957), Retratos violentos (1963) y En vida (1963, Premio Leopoldo Panero). Por esos años publicó también algunos libros de relatos, entre los que destacan Cinco historias del vino (1960) y Siete historias de toros y de hombres (1960), así como una obra dedicada al flamenco: De Cádiz y sus cantes (1964). Mucho más tarde apareció El flamenco: vida y muerte (1982). Las crónicas de mar y de tierra (1968), prologadas por el poeta José Hierro, significó un cambio radical en la orientación estilística del autor, que se convirtió en intérprete privilegiado entre la obra de creación y el lector. Más tarde fueron apareciendo: Las crónicas de Al-Andalus (1970), Ben Jaqan (1973), Las crónicas del 40 (1976), Las crónicas inglesas (1980) y Las crónicas de Hispania (1985), quizá excesivamente repetitivas. Las crónicas de Rosemont (1998) cierran definitivamente esta serie. Doctor honoris causa por la Universidad de Cádiz, en 1998 se le concedió el Premio Gil de Biedma. En su narrativa destacan: El viejo país (1978), Las mil y una noches de Hortensia Romero (1979), Nos han dejado solos (1980), La canción del pirata. Vida y embarques de Juan Cantueso (1983) su obra preferida, la antología de relatos Viento Sur (1987), El amor de Soledad Acosta (1989), Encierro y fuga de San Juan de Aquitania (1989, Premio Café Gijón), El coro a dos voces (1997) un autorretrato lleno de duplicidades, Vueltas sin fecha (Premio Juan March) y, finalmente, una obra que mezcla biografía e invención, La Visita (1998).