I

El poeta que no escribe escuchando su voz es un hombre acabado. El hombre que habla con las palabras de otros es un calco de su derrota. El poeta que piensa sólo en poesía cuando habla es un simulador que no sabe cómo colocar sus manos, el hombre que cierra los ojos es la imagen del sueño descubriendo su propia derrota. El poeta que quiere ser a todas horas poeta es un hombre mezquino tras un sendero de falsos prestigios. El hombre que sólo a veces se siente poeta es igual de mezquino, pero se sabe a salvo cuando descubre el pensamiento en fragmentos que retratan su vida con descaro. ¿Por qué quieres escribir de la soledad cuando no amas? ¿Por qué hablas de la vida si hace tiempo que estás muerto? El poeta que mira a otro lado es un libro abierto con la cobardía de su tiempo. El poeta que mira con los ojos abiertos encuentra al hombre midiendo el tiempo y la vida que se vislumbra a cada paso. El poeta que persigue su voz con el error de su sentimiento verá la luz aunque le llegue el silencio. El hombre que se retrata en silencio conocerá su afonía y su lamento, un grito que la poesía llenará de eco en cualquier momento. ¿Por qué entonces se huye del hombre como se huye de la poesía? ¿Por que la poesía finalmente muestra la felicidad que no acontece? El que no escucha al poeta es un cuerpo a la deriva. El que no encuentra la vida, un poeta sin futuro con el semblante de un hombre perdido.

II

Recuerdo una pregunta que me hizo un lector, una interrogante que tampoco buscaba una respuesta, pero que asomaba como la duda, su sonrisa triste, su arrogancia inmediata, su andar de vuelta de todo. No buscaba la respuesta, parecía conformarse con la pregunta en sí. ¿Existe la poesía? Recuerdo mil posibilidades compartidas, frases que me asaltaban de inmediato, respuestas escuchadas a otros. Recuerdo el nerviosismo de la mente recorriéndome la mirada antes de que me sumergiera en un silencio al que me arrastraba la duda. ¿Debía de responder? ¿Mirándole a los ojos debía de comenzar a hablar sin más hasta dar con el discurso preciso o debía de agachar la cabeza y dejar que en la interrogante encontrara la respuesta? ¿Existe la poesía más allá del poema?, podría ser una última pregunta que lo complicara todo aun más si cabe. Pero la realidad se impone si somos capaces de nombrar con palabras aquello que no sabemos explicar con otras palabras precisas y dispuestas al momento. ¿Somos capaces de entender el peso de la duda en silencio, el tono del silencio sin palabras, la música de las palabras en la sonoridad de un registro nuevo? Existen pensamientos e ideas, cosas y objetos que con una extraña fascinación ante nosotros arrastran su melancolía, su tristeza, su coraje, su realidad oculta, una denuncia que otra, con el peso del olvido, con el poso de los remordimientos, como una mirada que cerrando los ojos lo abarca todo. Nuestra infancia, el pasado, la soledad de sentirnos solos, el presente, la mirada hacia adelante, el futuro, como una premonición que nos dice que existen tantas cosas que todavía desconocemos que existen como tantas preguntas se formulan sin encontrar una respuesta.

III

El hombre ha necesitado dar mil vueltas sobre sí mismo para descubrir después del eterno aburrimiento que depara la conclusión de las cosas más necias o los hechos repetidos, que la sociedad está presente y que pese a la historia, no se ha movido tanto de sitio como parece. Digamos que el lugar es otro, pero que los problemas siguen siendo los mismos. Pero ahora parece que hay lectores que se preguntan por el tipo de poesía que se escribe utilizando palabras como libertad, vida o futuro. En un futuro convertido en presente a punto de ser algo que corresponde a un reciente pasado pocas veces somos conscientes de la fuerza premonitoria que tiene la palabra que desenmascara con sus trampas y hechos a la misma historia. La poesía desde dentro mira al hombre con total libertad, con sus carencias y atributos. Porque hablamos del individuo no es poesía social lo que pretendemos, porque hablamos de la dignidad del hombre en el caos de las ciudades no es la anarquía lo que retratamos, porque reivindicamos la palabra no es acción política lo que reivindicamos. Buscando al hombre con sus conflictos, buscando el entorno con sus dificultades, damos con la palabra a la espera de un entendimiento nuevo. Palabras que tampoco han cambiado tanto se descubren como nuevas porque se presentan desnudas en el instante en que se muestra el poeta que intenta comprimir la realidad con todas sus contradicciones y consecuencias. Es la imagen de la poesía con el mundo de los sentidos cuando el mundo real y el imaginario se confunden como se reconoce el deseo por conocer el devenir de la historia y la imposibilidad de abarcarlo todo. El poeta busca su propio conocimiento con sus errores al descubierto, con sus miserias y dudas, su memoria y su recuerdo. La experiencia que le otorga saberse perdido entre tantas palabras y una sola vida que mirándose muy adentro encuentra la vida en tantos como le precedieron es un atributo de su lucidez. El valor de esta poesía que tiene más preguntas que respuestas y que se atreve con el retrato del individuo y la respiración de los que apenas tienen voz y palabra, es el coraje de buscar a los otros en uno, aun sabiéndose herido, como inevitable es la presencia de la poesía en un mundo eternamente perdido.

IV

La palabra del poeta busca su pleno sentido en tus ojos. Piensa el poeta que lo que dice y lo que piensa, son pies y manos cuando camina el poema que pasea con el lector de la mano. El poeta había medido sus versos, había abierto sus metáforas al peso de la incomprensión, a la indiferencia, al miedo a perderse, a lo que pudieran pensar de él si dejaba de ser poeta y se convertía en un hombre como uno más en una circunstancia cualquiera. Sentía pavor en lo que no creía, sentía que las palabras se le escurrían de las manos, por lo que había dispuesto algunas claves diluidas en el secreto del poema, para que nada se alejara de la nada como cuando uno no se atreve a declarar su amor o a revelar su pensamiento porque teme perderse entre tantas palabras cuando desde el poeta se ve al hombre. El poeta pensaba que el lector, sus ojos, verían lo que sentía el hombre aún no entendiéndolo del todo. Aun no estando con él pensaba que lo perdonaría. Pero no fue así. Los ojos vieron quizá su temor, intuyeron su nerviosismo, leyeron lo que quisieron escuchar sus ojos que leían, pues el lector pensaba que el poema estaba hecho a su medida y dedicado a su nombre. Lo que no fue escrito pensando en él, se hizo palabra en el hombro de un lector, de un amigo, de un amor perdido, alguien a quien confesar un dilema, un secreto o un viejo error cometido hace tiempo y hoy olvidado en la memoria, que es como la distancia que pesa la vida del poema. Lejana cuando no vuelve, cercana cuando se somete a la lectura de aquellas palabras escritas a solas y frente a un inexistente lector, que con tiempo, hizo suyo el poema.

Kepa Murua©

Zarautz, España, 1962. Bibliografía escogida: Abstemio de honores, Itxaropena, 1990. Siempre conté hasta diez y nunca apareciste, Editorial Calambur, 1999. Cavando la tierra con tus sueños, Editorial Calambur, 2000. Cardiolemas, Editorial Calambur, 2002. La poesía y tú, Brosquil Ediciones, 2003.