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Trabaja ahora en importación y exportación.
Importa metáforas, exporta alegorías.
Podía ser un trabajador por cuenta propia,
uno de esos que rellena cuadernos de hoja azul con números
de debe y haber. De hecho, lo que debe son palabras;
y lo que tiene es ese vacío de frases que le posee cuando se arrima
al cristal, en invierno, y la lluvia cae del otro lado.
Entonces, piensa que podría importar el sol y exportar las nubes.
Podría ser un trabajador del tiempo. Pero, en cierto modo, su
método se confunde con el de un escultor del movimiento. Hiere,
con la piedra del instante, lo que va camino de la eternidad;
atrapa el gesto que sueña el cielo; y fija en la dureza de la noche,
el batir de alas, el azul, la sabia interrupción de la muerte.

Nuno Júdice©

Nació en Algarve, Sur de Portugal, en 1949. Poeta, narrador, ensayista, dramaturgo, editor profesor universitario y diplomático. Realizó estudios de Filología romana. Ha publicado doce libros de poesía, seis de ficción, y varios volúmenes de ensayo. Fue el primer poeta portugués en ser editado en Francia por la prestigiosa editorial Gallimard. En 1973 ganó el Premio Neruda y en 1995, el gran Premio de Poesía de la Asociación de Escritores Portugueses. Se desempeñó como Agregado Cultural de Portugal en París. Fundador y director de la revista de Poesía Tabacaria. Algunas de sus obras, traducidas al francés son Jeu de reflets (Juego de reflejos), con pinturas de Manuel Amado, Paris, Chandeigne, 2001; Lignes d’eau (Líneas de agua), Fata Morgana, 2000; Traces d’ombre (Trazos de sombra), traducido por Geneviève Leibrich, Paris, Métailié, 2000; Un chant dans l’épaisseur du temps (Un canto en el espesor del tiempo) seguido de Méditation sur les ruines (Meditación sobre las ruinas), Gallimard, 1996; Voyage dans un siècle de littérature portugaise (Viaje en un siglo de Literatura Portuguesa), Bordeaux, l’Escampette, 1993.

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“Poseo el mundo tanto más cuanta mayor habilidad tenga para miniaturizarlo.

Pero de paso hay que comprender que en la miniatura los valores se condensan y se enriquecen.

No basta una dialéctica platónica de lo grande y de lo pequeño para conocer las virtudes dinámicas de la miniatura.

Hay que rebasar la lógica para vivir lo grande que existe dentro de lo pequeño”.

Gaston Bachelard©

 

Filósofo y ensayista francés. Bachelard nació en Bar-sur-Aube en el seno de una modesta familia de vendedores de periódicos y tabaco. Al acabar los estudios secundarios trabajó en la oficina de correos de Remiremont hasta 1906 y más tarde en París entre 1907 y 1913. A pesar de trabajar 60 horas por semana en París, empezó a estudiar y se licenció en matemáticas en 1912. Su deseo de ser ingeniero se vio truncado por el estallido de la I Guerra Mundial y su alistamiento en el ejército. Después de la desmovilización, fue nombrado profesor de física y química en Bar-sur-Aube. La teoría de la relatividad echó por tierra sus ideas sobre la física, por lo que regresó al estudio de la filosofía occidental, obteniendo una segunda licenciatura en letras en 1920. Después consiguió una cátedra tras aprobar una oposición (agrégation en Francia), y obtuvo su doctorado en 1927 (su tesis recibió un premio). En 1930 inició una típica carrera profesoral, dando clases primero en Dijon y luego en La Sorbone de historia y filosofía de las ciencias, donde permaneció hasta 1954. Recibió la Legión de Honor en 1951 y el Gran Premio Nacional de las Letras. Una mente tan versátil no podía contentarse con un enfoque filosófico sencillo. A la vez que filósofo, crítico y epistemólogo, era también un científico, un pensador profundo y un poeta. Sus trabajos reflejan tanto su precisión científica como su sensibilidad poética. En sus libros estos dos aspectos no están entremezclados sino que, más bien, se alternan. En 1934, publicó El nuevo espíritu científico y en 1938 La formación del espíritu científico. La importancia epistemológica de ambos libros es todavía evidente y sigue siendo relevante para discernir los problemas científicos contemporáneos. Su idea principal es que en el futuro el conocimiento se basará en la negación del conocimiento actual. Su obra más importante sobre epistemología es El materialismo racional (1953). Sus análisis sobre lo imaginario están recogidos en libros que tienen que ver con su psicoanálisis de los elementos: Psicoanálisis del fuego (1938), El agua y los sueños (1942), El aire y los sueños (1943) La tierra y la ensoñación de la voluntad (1948). Estas obras muestran una gran influencia de Carl Gustav Jung, sobre todo de sus ideas sobre la energía espiritual y la oposición ánima/persona. Bachelard dedicó los últimos años de su vida a una búsqueda más poética: La poética del espacio (1957) y La poética de la ensoñación 1960). Murió el 16 de octubre de 1962 en París.

Me sigue asombrando ese misterio que pone ante mis ojos las líneas de un poema. Poema que ha brotado después de tensa espera. Bien es cierto que algo, no sabemos el qué, lo presagiaba. Más tarde, procediendo dudoso y "por tanteo", se me ha ido desvelando.

Álvaro Valverde©

 

Poeta español nacido en Plasencia en 1959. Fue director  durante ocho años del Aula de Literatura José Antonio Gabriel y Galán junto al novelista  Gonzalo Hidalgo Bayal, Actualmente dirige la Editora Regional de Extremadura.
Ha recibido los premios Ciudad de Badajoz  en 1984, Loewe en 1991, el Ciudad de Córdoba en 1993 y fue finalista en el  Premio Café Gijón, Tigre Juan y Premio Extremadura a la Creación por su primera novela «Las murallas
del mundo» en el año 2001. Su última novela, « Alguien que no existe»  fue editada en 2005 por Seix Barral. De su obra poética se destacan: «Territorio» 1985, «Las aguas detenidas» 1989, «Una oculta razón» 1991, «A debida distancia» 1993, «Ensayando círculos» 1995, «El reino oscuro» 1999 y «Mecánica terrestre» 2002.

El discurso poético, Capítulo primero:

Las causas del desorden y su definición

La extrañeza y confusión de los versos en estos años, introducida de algunos, es queja ya universal entre cuantos conocen o bien desconocen nuestra lengua. Ofén dense los buenos juicios y juntamente se compadecen, viendo el disfraz moderno de nuestra poesía, que siendo su adorno legítimo la suavidad y regalo, nos la ofrecen armada de escabrosidad y dureza. Mas junto con este sentimiento, es tanta la modestia de muchos, que llegan a mostrar- se dudosos sobre si este modo de escribir, siendo a todos molesto, es en alguna manera acertado, si esconde misterios de ingenio, si alguna utilidad o circunstancia oculta por donde merezca estimarse y ser admitido de los nuestros. O ya que nada merezca, desean saber en qué se funda, de qué causas procede y por qué le apetecen sus autores, pues no es creíble que sin ningún fin o interés aunque sea engañoso nadie elija y abrace un error. Este celo tan cuerdo de los dudosos merecería ser correspondido de quien pudiese vencer sus dificultades, y aunque yo no me prometo tanto, quise

tentar si en limitado discurso cabía enteramente la satisfacción de la duda, que a muchos la debo por pregunta. Con este solo ánimo escribo este papel, donde no se culpa a ningún autor ni obra alguna señalada; sólo me remito a aquellas en que se hallaren los abusos aquí reprobados, dejando salvo derecho a los autores para que cuando acierten lo celebremos, que posible es la enmienda aunque difícil en nuestra esperanza, y en cualquier tiempo que la haya será agradecida de los cuerdos.

Es, pues, la suma de mi persuasión que el intento original de los autores propuestos, en su primera raíz es loable, porque sin duda los mueve un aliento y espíritu de ostentarse bizarros y grandes, mas, engañados al elegir los medios, yerran en la ejecución tanto que los efectos son vituperables y justa- mente aborrecidos, no en parte alguna útiles, antes en extremo dañosos a nuestra lengua y patria, introduciéndose en ella tal linaje de escritos y versos. Este sentimiento seguiré con la explicación en las breves hojas de este cuaderno, dividido en seis partes o capítulos. En este primero digo:

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Antes de escribir el poema,
con el lápiz en la mano
y el silencio hecho palabra,
me pregunto a quién demonios
interesa si este mar
ya no es azul ni si mi vida
de hoy es la que antes era.
Y si es lamento
o violín lo que suena
ahora en mi casa.
O a quién irán estos versos
y quién se aventurará conmigo
buscando esa luz inútil
que conduzca a una salida.
Éste es un viaje
sin más brújula que el viento
ni más compañía

que este miedo y esta noche.

Ana María Navales©

Nació en Zaragoza en cuya Universidad se doctoró en Filosofía y Letras y fue profesora de Literatura Hispanoamericana. Beca March y del Ministerio de Cultura. Fundó la revista de poesía Albaida. Es directora de la revista cultural Turia, y Jefe de la Sección de Creación Literaria del Instituto de Estudios Turolenses. El gobierno de Aragón le concedió en 2001 el primer Premio del Día de las Letras Aragonesas. Entre sus libros de poesía se encuentran Del fuego secreto (premio San Jorge), Mester de amor (accésit del Adonais), Nueva, vieja estancia (premio José Luis Hidalgo), Los labios de la luna, Los espejos de la palabra, Hallarás otro mar, Mar de fondo (1978-1998), Escrito en el silencio (1999) , Contro le parole ( Contra las palabras), edic. bilingüe español-italiano de Emilio Coco (Bari, 2000), Quel luengo albeggiari , 200, Write the Life (edic trilingüe inglés-español-búlgaro, Sofía, 2002 y Lo que la vida oculta (Málaga, 2004).Como narradora ha publicado libros de relatos como Cuentos de Bloomsbury (Edhasa,1991; Calambur 1999, Calambur 2003), traducido al búlgaro, francés y al inglés; Zacarías, rey (El fantasma de la glorieta, 1992); Tres mujeres (Huerga&Fierro, 1995) Cuentos de las dos orillas (Prames, 2001) y las novelas El regreso de Julieta Always (Bruguera, 1981), La tarde de las gaviotas (Unali, 1981), El Laberinto del quetzal, premio Antonio Camuñas 1984 ( Hiperión, 1985; Calima, l998) y La amante del mandarín (Sial, 2002). Su libro anterior La lady y su abanico. Acercamiento a la literatura femenina del S. XX. (De Virginia Woolf a Mary McCarthy) (Sial Ediciones, 2000), obtuvo el Premio Sial de Ensayo 2000. Premiada en certámenes nacionales e internacionales, traducida a numerosos idiomas, ha sido incluida en diversas antologías poéticas y, entre otras, en las antologías de narrativa española: Cuento español contemporáneo (Cátedra, Letras Hispánicas, 1993); Son cuentos. Antología del relato breve español. 1975-1993. (Espasa-Calpe, Austral, 1993), y Cuentos de este siglo. 30 narradoras españolas contemporáneas (Lumen, Femenino Lumen, 1995). Participa en el volumen colectivo Escritores ante el espejo. Estudio de la creatividad literaria (Lumen, Palabra Crítica, 1997). Ha sido la escritora española invitada al congreso de la literatura femenina hispánica celebrado en Marruecos, Toronto (Canadá), del 2000 y al de Guadalajara (México) 2004.

La poesía es pólvora mojada en medio de un lenguaje contaminado, que se desmantela antes de tocar tierra. Los sentidos cargados en el poema y su lenguaje, son cáscara, ceniza, polvo, y sólo el gusano prospera. La poesía es el cadáver exquisito proclamado por los surrealistas, pero yace a la intemperie, no como reina subyugada por la palabra, inefable dama, sino chasqueada por los dedos de un mesonero, empujada detrás del atril con vergüenza y miedo. No anida, no vuela, no sueña, no nada, y no dejan que el poema se sueñe así mismo en su pobre perfomance de tía solterona, quinceañera desdentada, gitana sin amuleto.

¿La poesía escribe su epitafio? No hay tal suicidio, ni corroboración y menos consentimiento. La poesía es casi un acto de fe, ni siquiera una vocación tardía o el soplo azucarado de un domingo bajo los frondosos robles o los ingenuos, melancólicos sauces llorones. De cualquier manera, la poesía subyace y yace bajo palabra, convicta de su olvido. Y bajo la lápida del mercado, aún respira. Ha superado la horca, la guillotina, la bala en la sien, la anestesia del tiempo, cloroformos burocráticos estatales, el infinito menosprecio privado y esta actual indolencia editorial, enfermedad terminal del mercado.

El mundo está en crisis, no la poesía. La culpa no la tiene la huella, sino quien la ignora o confunde, deja de percibir un camino. Forma sobre la forma, el poema es la nueva retórica, botón de una sola rosa, la que reinventa cada lectura. ¿La poesía muere en su cuna o tiene tradición en el futuro? Es un espejo al revés.

Rolando Gabrielli©

Nació en Santiago de Chile el 22 de febrero de 1947.Estudió Periodismo en la Universidad de Chile.  Ejerció hasta el 11 de septiembre de 1973 en su país. Fue Corresponsal Extranjero en Colombia y Panamá (1975-79).
Funcionario Internacional, experto en la industria bananera, encargado de estrategias para los ocho países de la región miembros de la UPEB, Editor de la publicación científico-técnica y económica, con circulación en 56 países, columnista de la revista alemana D+C (1979-89).  Escribe para varios periódicos panameños como Analista Internacional y trabaja en el programa de la Unión Europea-PNUD, Tips On Line, mercadeo de oportunidades empresariales vía Internet.  Asesor en estrategias empresariales, editor de Suplementos especializados, ha trabajado y lo hace actualmente en marketing.
Obtiene el Primer Premio de Poesía de la Federación de la Universidad de Chile en 1971, entre 200 libros y una mención Honrosa con su cuento Solángel, ese año, en ICEA Internacional, México.  Es becado en dos oportunidades por la Universidad Católica de Chile (Vicerrectoría de Comunicaciones, 1973, en Poesía y 1974, Prosa) Mención de Honor en Cuento infantil Caja de Ahorros Panamá, 1978. Mención de Honor en poesía con su libro Manifiesto Aldeano, Panamá años 2000.  Diploma de Honor Embajada de Chile, por su labor pro acercamiento cultural Panamá-Chile.  Ha dictado conferencias magistrales sobre en la Academia Panameña de la Lengua y Embajada de Chile, sobre Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Jorge Luis Borges y Jorge Teillier.  Es poeta, ensayista y narrador, tiene cinco libros de poesía para editar, un libro de cuentos, ensayos y dos novelas en proceso.  Reside en Panamá. Sus trabajos más recientes se encuentran en Internet en portales de Estados Unidos, Canadá, España, Chile, Argentina, Brasil, Suecia, Colombia, Venezuela.

Aunque otra cosa no respondiéssemos para provar que la poesía consiste en arte, bastava el juyzio de los claríssimos autores que intitularon de arte poética los libros que desta facultad escrivieron, y ¿quién será tan fuera de razón, que llamándose arte el oficio de texer o herrería, o hazer vasijas de barro o cosas semejantes, piense la poesía y el trobar aver venido sin arte en tanta dinidad? Bien sé que muchos contenderán para en esta facultad ninguna otra cosa requerirse, salvo el buen natural, y concedo ser esto lo principal y el fundamento; mas tan bien afirmo polirse y alindarse mucho con las osservaciones del arte, que si al buen ingenio no se juntasse el arte, sería como una tierra frutífera y no labrada. Conviene luego confessar desta facultad lo que Cicerón en el De perfeto oratore, y lo que los profesiones de gramática suelen hazer en la difinición della, y lo que creo ser de todas las otras artes, que no son sino osservaciones sacadas de la flor del uso de varones dotíssimos, y reduzidas en reglas y precetos, porque según dizen los que hablaron del arte, todas las artes conviene que tengan cierta materia, y algunos afirman la oratoria no tener cierta materia, a los quales convence Quintiliano diziendo que el fin del orador o retórico es dezir cosas, aunque algunas vezes no verdaderas, pero verisímiles, y lo último es persuadir y demulcir el oýdo. Y si esto es común a la poesía con la oratoria o retórica, queda lo principal, conviene a saber, yr incluydo en números ciertos, para lo qual el que no discutiere los autores y precetos, es impossible que no le engañe el oýdo, porque según dotrina de Boecio en el libro de música, muchas vezes nos engañan los sentidos; por tanto, devemos dar mayor crédito a la razón. Comoquiera que, según nos demuestra Tulio y Quintiliano, números ay que deve seguir el orador, y huyr otros, mas esto ha de ser más dissimuladamente y no tiene de yr astrito a ellos como el poeta que no es éste su fin.

Juan del Encina

(1468-1530) Juan de Fermoselle, verdadero nombre de Juan del Encina o Enzina, nacía en Salamanca (España) el 12 de julio de 1468, siendo hijo de un zapatero, y hermano de un profesor de música de universidad, Diego de Fermoselle, y de un sacerdote, Miguel de Fermoselle.
Bajo la tutela de Antonio de Nebrija, estudia retórica y latín, ingresando en el coro de la catedral en 1484 mientras que en 1490 obtiene las órdenes menores. Precisamente por esta época será conocido como del Encina, pseudónimo que según todos los indicios correspondería al nombre de la madre.
Tiempo después, y ya al servicio del duque de Alba, su hermano Fabrique, trabaja como músico y poeta, artes que cultiva en el castillo de Alba de Tormes e incluso en Salamanca hasta 1498, cuando marcha a Roma.
Del Encina estuvo luego en las cortes de los papas Alejandro VI y Julio II, y ya después de 1519, sería nombrado prior de la Catedral de León por el papa León X.
Curiosamente, compuso casi toda su obra musical antes de los 30 años, destacando entre su producción su Cancionero (1496), en el que se recogen poemas, villancicos, canciones y romances entre otros.
Sus composiciones destacan por su sencillez y espontaneidad, con variados y flexibles ritmos y melodías sugerentes, conjugando todo ello en una singular y transparente textura polifónica

I

El poeta que no escribe escuchando su voz es un hombre acabado. El hombre que habla con las palabras de otros es un calco de su derrota. El poeta que piensa sólo en poesía cuando habla es un simulador que no sabe cómo colocar sus manos, el hombre que cierra los ojos es la imagen del sueño descubriendo su propia derrota. El poeta que quiere ser a todas horas poeta es un hombre mezquino tras un sendero de falsos prestigios. El hombre que sólo a veces se siente poeta es igual de mezquino, pero se sabe a salvo cuando descubre el pensamiento en fragmentos que retratan su vida con descaro. ¿Por qué quieres escribir de la soledad cuando no amas? ¿Por qué hablas de la vida si hace tiempo que estás muerto? El poeta que mira a otro lado es un libro abierto con la cobardía de su tiempo. El poeta que mira con los ojos abiertos encuentra al hombre midiendo el tiempo y la vida que se vislumbra a cada paso. El poeta que persigue su voz con el error de su sentimiento verá la luz aunque le llegue el silencio. El hombre que se retrata en silencio conocerá su afonía y su lamento, un grito que la poesía llenará de eco en cualquier momento. ¿Por qué entonces se huye del hombre como se huye de la poesía? ¿Por que la poesía finalmente muestra la felicidad que no acontece? El que no escucha al poeta es un cuerpo a la deriva. El que no encuentra la vida, un poeta sin futuro con el semblante de un hombre perdido.

II

Recuerdo una pregunta que me hizo un lector, una interrogante que tampoco buscaba una respuesta, pero que asomaba como la duda, su sonrisa triste, su arrogancia inmediata, su andar de vuelta de todo. No buscaba la respuesta, parecía conformarse con la pregunta en sí. ¿Existe la poesía? Recuerdo mil posibilidades compartidas, frases que me asaltaban de inmediato, respuestas escuchadas a otros. Recuerdo el nerviosismo de la mente recorriéndome la mirada antes de que me sumergiera en un silencio al que me arrastraba la duda. ¿Debía de responder? ¿Mirándole a los ojos debía de comenzar a hablar sin más hasta dar con el discurso preciso o debía de agachar la cabeza y dejar que en la interrogante encontrara la respuesta? ¿Existe la poesía más allá del poema?, podría ser una última pregunta que lo complicara todo aun más si cabe. Pero la realidad se impone si somos capaces de nombrar con palabras aquello que no sabemos explicar con otras palabras precisas y dispuestas al momento. ¿Somos capaces de entender el peso de la duda en silencio, el tono del silencio sin palabras, la música de las palabras en la sonoridad de un registro nuevo? Existen pensamientos e ideas, cosas y objetos que con una extraña fascinación ante nosotros arrastran su melancolía, su tristeza, su coraje, su realidad oculta, una denuncia que otra, con el peso del olvido, con el poso de los remordimientos, como una mirada que cerrando los ojos lo abarca todo. Nuestra infancia, el pasado, la soledad de sentirnos solos, el presente, la mirada hacia adelante, el futuro, como una premonición que nos dice que existen tantas cosas que todavía desconocemos que existen como tantas preguntas se formulan sin encontrar una respuesta.

III

El hombre ha necesitado dar mil vueltas sobre sí mismo para descubrir después del eterno aburrimiento que depara la conclusión de las cosas más necias o los hechos repetidos, que la sociedad está presente y que pese a la historia, no se ha movido tanto de sitio como parece. Digamos que el lugar es otro, pero que los problemas siguen siendo los mismos. Pero ahora parece que hay lectores que se preguntan por el tipo de poesía que se escribe utilizando palabras como libertad, vida o futuro. En un futuro convertido en presente a punto de ser algo que corresponde a un reciente pasado pocas veces somos conscientes de la fuerza premonitoria que tiene la palabra que desenmascara con sus trampas y hechos a la misma historia. La poesía desde dentro mira al hombre con total libertad, con sus carencias y atributos. Porque hablamos del individuo no es poesía social lo que pretendemos, porque hablamos de la dignidad del hombre en el caos de las ciudades no es la anarquía lo que retratamos, porque reivindicamos la palabra no es acción política lo que reivindicamos. Buscando al hombre con sus conflictos, buscando el entorno con sus dificultades, damos con la palabra a la espera de un entendimiento nuevo. Palabras que tampoco han cambiado tanto se descubren como nuevas porque se presentan desnudas en el instante en que se muestra el poeta que intenta comprimir la realidad con todas sus contradicciones y consecuencias. Es la imagen de la poesía con el mundo de los sentidos cuando el mundo real y el imaginario se confunden como se reconoce el deseo por conocer el devenir de la historia y la imposibilidad de abarcarlo todo. El poeta busca su propio conocimiento con sus errores al descubierto, con sus miserias y dudas, su memoria y su recuerdo. La experiencia que le otorga saberse perdido entre tantas palabras y una sola vida que mirándose muy adentro encuentra la vida en tantos como le precedieron es un atributo de su lucidez. El valor de esta poesía que tiene más preguntas que respuestas y que se atreve con el retrato del individuo y la respiración de los que apenas tienen voz y palabra, es el coraje de buscar a los otros en uno, aun sabiéndose herido, como inevitable es la presencia de la poesía en un mundo eternamente perdido.

IV

La palabra del poeta busca su pleno sentido en tus ojos. Piensa el poeta que lo que dice y lo que piensa, son pies y manos cuando camina el poema que pasea con el lector de la mano. El poeta había medido sus versos, había abierto sus metáforas al peso de la incomprensión, a la indiferencia, al miedo a perderse, a lo que pudieran pensar de él si dejaba de ser poeta y se convertía en un hombre como uno más en una circunstancia cualquiera. Sentía pavor en lo que no creía, sentía que las palabras se le escurrían de las manos, por lo que había dispuesto algunas claves diluidas en el secreto del poema, para que nada se alejara de la nada como cuando uno no se atreve a declarar su amor o a revelar su pensamiento porque teme perderse entre tantas palabras cuando desde el poeta se ve al hombre. El poeta pensaba que el lector, sus ojos, verían lo que sentía el hombre aún no entendiéndolo del todo. Aun no estando con él pensaba que lo perdonaría. Pero no fue así. Los ojos vieron quizá su temor, intuyeron su nerviosismo, leyeron lo que quisieron escuchar sus ojos que leían, pues el lector pensaba que el poema estaba hecho a su medida y dedicado a su nombre. Lo que no fue escrito pensando en él, se hizo palabra en el hombro de un lector, de un amigo, de un amor perdido, alguien a quien confesar un dilema, un secreto o un viejo error cometido hace tiempo y hoy olvidado en la memoria, que es como la distancia que pesa la vida del poema. Lejana cuando no vuelve, cercana cuando se somete a la lectura de aquellas palabras escritas a solas y frente a un inexistente lector, que con tiempo, hizo suyo el poema.

Kepa Murua©

Zarautz, España, 1962. Bibliografía escogida: Abstemio de honores, Itxaropena, 1990. Siempre conté hasta diez y nunca apareciste, Editorial Calambur, 1999. Cavando la tierra con tus sueños, Editorial Calambur, 2000. Cardiolemas, Editorial Calambur, 2002. La poesía y tú, Brosquil Ediciones, 2003.

Me gustan esos amantes de la poesía que veneran demasiado lúcidamente a la diosa para dedicarle la flojedad de su pensamiento y el relajamiento de su razón. Saben que no exige el sacrifizio dell’Intelletto. Ni Minerva, ni Palas, ni Apolo cargado de luz aprueban esas abominables mutilaciones que algunos de sus desorientados devotos infligen al organismo del pensamiento; los rechazan con horror, portadores de una lógica sangrienta que acaban de arrancarse y quieren consumir sobre sus altares. Las verdaderas divinidades no gustan de las víctimas incompletas.

Hay que pagar a un precio desconocido el placer de no utilizar lo conocido.

En todo tema, y antes de todo examen de fondo, considero el lenguaje; tengo la costumbre de proceder a la manera de los cirujanos que primero purifican sus manos y preparan el campo operatorio. Es lo que llamo la limpieza de la situación verbal. Perdónenme esta expresión que asimila las palabras y las formas del discurso a las manos y a los instrumentos de un operador.

Ni el sueño ni la ensoñación son necesariamente poéticos, pueden serlo, pero las figuras tomadas al azar sólo por azar son figuras armónicas.

La ejecución del poema es el poema. Fuera de ella, esas sucesiones de palabras curiosamente reunidas son fabricaciones inexplicables.

Las obras del espíritu, poemas u otras, se refieren únicamente a aquello que dio origen a lo que les dio origen, y absolutamente a nada más.

Todo acto del espíritu mismo está siempre acompañado de cierta atmósfera de indeterminación más o menos sensible.

Me excuso por esta expresión. No encuentro otra mejor.

Es importante oponer tan claramente como sea posible la emoción estética a la emoción ordinaria. La separación es bastante delicada de realizar, pues nunca se ha cumplido en los hechos. Siempre encontramos mezclados con la emoción poética esencial la ternura o la tristeza, el furor, el temor o la esperanza; y los intereses particulares del individuo no dejan de combinarse con esa sensación de universo, que es característica de la poesía.

He dicho: sensación de universo. He querido decir que el estado o emoción poética me parece que consiste en una percepción naciente, en una tendencia a percibir un mundo, o sistema completo de relaciones, en el cual los seres, las cosas, los acontecimientos y los actos, si bien se parecen, todos a todos, a aquellos que pueblan y componen el mundo sensible, el mundo inmediato del que son tomados, están, por otra parte, en una relación indefinible, pero maravillosamente justa, con los modos y las leyes de nuestra sensibilidad general. Entonces esos objetos y esos seres conocidos cambian en alguna medida de valor. Se llaman unos a otros, se asocian de muy distinta manera que en las condiciones ordinarias. Se encuentran —permítanme esta expresión— musicalizados, convertidos en conmensurables, resonantes el uno por el otro. Así definido, el universo poético presenta grandes analogías con el universo de los sueños.

Todas las artes han sido creadas para perpetuar, cambiar, cada una según su esencia, un momento de efímera delicia en la certidumbre de una infinidad de instantes deliciosos. Una obra no es otra cosa que el instrumento de esta multiplicación o regeneración posible.

Esos momentos de un valor infinito, esos instantes que dan una especie de dignidad universal a las relaciones y a las intuiciones que engendran, son no menos fecundos en valores ilusorios o incomunicables. Lo que vale sólo para nosotros no vale nada. Es la ley de la Literatura. Esos estados sublimes son en realidad ausencias en las que se encuentran maravillas naturales que solamente se hallan allí, pero tales maravillas son siempre impuras, quiero decir mezcladas con cosas viles o vanas, insignificantes o incapaces de resistir la luz exterior, o si no imposibles de retener, de conservar. En el resplandor de la exaltación no es oro todo lo que reluce.

Es un hecho fácil de observar que todos los movimientos automáticos que corresponden a un estado del ser, y no a un fin figurado y localizado, requieren un régimen periódico; el hombre que anda requiere un régimen de esta clase; el distraído que balancea un pie o que tamborilea sobre los cristales; el hombre en profunda reflexión que se acaricia el mentón, etc.

Paul Valéry©

Poeta y hombre de letras francés cuya obra presenta un conflicto entre la contemplación y la acción que debe resolverse artísticamente para captar el sentido de la vida. Valéry está considerado como uno de los más grandes escritores filosóficos modernos en verso y prosa. Valéry nació en Sète y estudió en la Universidad de Montpellier. En 1892 se trasladó a París y se adhirió al círculo literario del poeta simbolista Stéphane Mallarmé. Los primeros poemas de Valéry, escritos entre 1889 y 1898 y recopilados en Album de versos antiguos (1921), están muy influidos por los simbolistas. Las dos primeras obras en prosa de Valéry se ocupan del dominio de las técnicas intelectuales. En Introducción al método de Leonardo da Vinci (1895), Valéry analiza el método creativo de uno de los grandes genios universales. La obra de ficción El señor Teste (1895), es decir, el ‘Señor Cabeza’, analiza los procesos introspectivos de su protagonista, un hombre dotado de una mente prodigiosa. Valéry trabajó como funcionario (1897-1900) y también colaboró con una agencia de información (1900-1922). Durante esa época continuó sus estudios de matemáticas. Sumamente perfeccionista, se negó a publicar su poesía hasta 1917, fecha en que apareció el poema alegórico La joven parca. Su obra refleja una visión del mundo entendido como una combinación de las fuerzas de la vida y las esencias absolutas. En obras posteriores, como El cementerio marino (1920) y muchos de los poemas de Cármenes (1923), realiza un extraño análisis de la conciencia que el ser humano tiene de sí mismo en un estilo rigurosamente clásico, combinado con descripciones sensuales y naturales y técnicas musicales. Los últimos escritos en prosa de Valéry son estudios filosóficos y meditaciones. En Eupalinos o el arquitecto (1923), desarrolla una teoría de la arquitectura como la forma artística más afín a la música. En Miradas al mundo actual (1933) Valéry ahonda en las bases ideológicas de la política moderna. En 1925 ingresó en la Academia Francesa y a partir de 1937 dio clases de política en el Colegio de Francia. Otras obras dignas de mención son El alma y la danza (1924), Variedad I-V (1924-1944) y La idea fija (1932). Para Valéry la poesía era la más hermosa de las técnicas creativas. En sus versos articulaba ideas abstractas mediante imágenes simbólicas y ritmos sutiles. Los temas de su obra son a menudo antitéticos, las emociones frente al intelecto, el universo y el hombre, el ser y el no ser, o la naturaleza del genio y el proceso creativo. En sus escritos en prosa analiza el arte, la cultura, la política y las capacidades de la mente humana en un estilo aforístico. La condensación de su pensamiento, unido al denso simbolismo y las abundantes alusiones, hacen que el significado de la obra de Valéry resulte a veces oscuro.

Las únicas recompensas de que tiene perfecto derecho a gozar un poeta son tres: primera, la sensación de que lo que ha escrito no sólo se tiene en pie por sí solo, sino que posee impulso suficiente para echarse a andar y quizá para continuar andando después de su muerte. Segunda, se complace si sus dignos poetas contemporáneos dan fe de este acontecimiento creador, aunque haya desaparecido ya la costumbre isabelina de prodigar ‘elogios’ por escrito a las obras de un colega poeta y hasta de lanzarlos ante su tumba. La última y principal es la que goza de la aprobación que le demuestre la determinada Musa a que dedicó su poema, por muy a regañadientes que se pronuncien tales alabanzas.

Marcar la pauta es función exclusiva de la Musa. Sus exigencias son imprevisibles e innegables: y no se le puede forzar la mano.

El arte de adaptar el sentido al sonido sin detrimento de la idea primitiva ha de aprenderse mediante el ejemplo y la experimentación. El mayor o menor énfasis de una palabra puede regularse poniendo en juego otras frente a ella y eligiendo detenidamente su posición en el verso, y verificando los ajustes necesarios en los versos contiguos hasta que, por fin, el oído se sienta satisfecho. Entre los poetas es axiomático que entregándose sinceramente a la magia poética se puede estar seguro de que todos los problemas verbales se resolverán, o, si no, se descubrirá cuál de ellos es el que oculta una imprecisión en el pensamiento poético.

Decir: «La próxima vez que escriba un poema haré un soneto» es una conducta antiprofesional, porque el tema, por definición, es imprevisible, y es precisamente el tema el que suscita el metro. El poeta no debe darse cuenta de la métrica de un poema hasta que hayan surgido ya los tres o cuatro primeros versos; incluso puede darse el caso de andar ya por su undécimo verso y no haber advertido hasta entonces que era un soneto lo que se gestaba.

Todo poema va dirigido a la Diosa. Y ella perdona sonriente la torpeza del joven o el indocto -los primeros poemas tienen una pelusilla o vello que no existe en los poemas posteriores- y aprecia el amoroso cuidado que los más experimentados ponen en el poema; tiene aversión a los desaliñados. Pero insiste en la verdad y juzga ridícula la idea de utilizar los argumentos o el hechizo retórico para sojuzgar su intuición de la verdad.

Una vez que el poeta ha experimentado la emoción de un poema y de hacerlo pasar a través de distintos borradores, siempre con la misma emoción, ya esa ansia no le desaparecerá jamás. Cuando se convierte en una opresión, suele adoptar una actitud receptiva: coloca pluma y papel a mano y espera el milagro de la aparición de la Musa; entonces se impacienta, comienza a garrapatear palabras (como quien mueve un poco la tabla de escritura del espiritista para que se inicie su tarea) y pronto halla una rima o una frase llena de promesas. Así provoca la gracia -no de la Diosa, sino de esos locos y haraganes espíritus, aún apegados a la tierra, que revolotean en torno a la tabla o a la cabecera de los enfermos-.

Todo poeta sabe, en el fondo, cuáles son los poemas necesarios y cuáles son los innecesarios. Los primeros son raros, y más raros todavía aquellos cuya primitiva necesidad no quedó embotada por una torpe elaboración. Desde el punto de vista ideal, sólo éstos debieran publicarse, pero las gemas defectuosas no por eso dejan de ser gemas, y no existe un poema totalmente intachable; así pues, en una selección de poemas bastará con eliminar por lo menos, las piedras de vidrio y las de material sintético. Sin embargo, son pocos los poetas suficientemente despiadados para cumplir a fondo esta tarea.

¡Señoras y señores, descansen! Para salvarse no hace falta esta ciencia en absoluto. Hay poemas solamente, pocos en cada generación, y hay modas periódicas de versificar.

Robert Graves©

Poeta, novelista y erudito inglés. Nació en Londres y estudió en la universidad de Oxford. Graves, que se consideraba más que nada poeta, escribió una poesía vigorosa, ingeniosa y, a veces, intelectual. Su primer libro de poesía, Hadas y fusileros (1917), narra sus experiencias en la I Guerra Mundial. Al principio de su carrera fue considerado como un poeta moderno (grupo que a comienzos del siglo XX en el mundo anglonorteamericano escribía una poesía lírica convencional dentro de un estilo posromántico), pero conforme avanzaba su carrera evitó identificarse con cualquier escuela o poeta y escribió de un modo intenso, claro y ordenado. Publicó varias ediciones de versos, entre los que se encuentran Poemas completos (1959, 1975). Sus poesías amorosas en las que combina la pasión con el cinismo, el amor con el erotismo, y lo personal con lo universal son muy conocidos. En 1968, en colaboración con el poeta sufi Omar Ali-Shah, editaron Los Rubaiyat originales de Omar Khayyam. Como prosista escribió una amplia colección de libros, desde Adiós a todo eso (1929, revisado 1957), una memoria militar satírica, hasta ficciones históricas como Yo, Claudio y Claudio el dios (ambos en 1934), Rey Jesús (1946) y La hija de Homero (1955). Sus investigaciones mitológicas sobre El vellocino de oro (1944) le llevaron a escribir otros libros de ensayo como La diosa blanca (1947) y Mitos y leyendas griegas (1968). En La diosa blanca, Graves busca el origen de la que denominó -la Gran diosa de muchos nombres- a través de la poesía galesa y el simbolismo arbóreo, la mitología griega y los cultos mistéricos, y las religiones del antiguo Egipto e Israel. Graves ejerció varias cátedras universitarias y a partir de 1929 vivió en la isla española de Mallorca, dónde murió en 1985.

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