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Eramos dioses y nos volvieron esclavos.
Eramos hijos del Sol y nos consolaron con medallas de lata.
Eramos poetas y nos pusieron a recitar oraciones pordioseras.
Eramos felices y nos civilizaron.
Quién refrescará la memoria de la tribu.
Quién revivirá nuestros dioses.
Que la salvaje esperanza sea siempre tuya,
querida alma inamansable.

Gonzalo Arango©

 

Andes, Antioquia, Colombia -1931 – 1976. Escritor colombiano. Cuentista, ensayista, dramaturgo, novelista, poeta y periodista colaborador de El Colombiano, El Espectador, El Tiempo, Cromos y Revista Universidad de Antioquia. En 1958 fundó el nadaísmo, movimiento de vanguardia de repercusión nacional, que intentó romper con la Academia de la Lengua, la literatura y la moral tradicionales. En la música norteamericana y del Caribe de la década de 1960 el movimiento buscó un léxico renovado, optó por el humor y el mundo urbano para situar la obra literaria y la crítica a la sociedad. Arango publicó el Manifiesto nadaísta (1958), varios libros de poesía y cuentos entre los cuales se destacan: Sexo y Saxofón (1963) y Prosas para leer en la silla eléctrica. Como dramaturgo escribió Prometeo desencadenado (laureado en el concurso de teatro de 1963), Susana Santa, Los Nadaístas, Los ratones van al infierno, Nada bajo el Cielo Raso (1960) y La Consagración de la Nada (1964). 

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A los viajeros del alba

Mi interés por la poesía, especialmente por la poesía colombiana, es muy remoto. La primera vez que tuve en mis manos un libro de poemas, las palabras despedían un casto olor alcanforado que me crispó los pelos. Entre los poemas que nos dejó Julio Flores (l867-l923), hay un reguero de brumas, lágrimas, cadáveres y bambucos que en noches de luna y calles solitarias algún guitarrero se atrevía a cantar a su amada con suma melancolía. En alguna de esas calles, José Asunción Silva (l865-l896) hijo predilecto del modernismo, asomó la cabeza por la ventana de su habitación, solemne y cargado de melancolía dijo:

“¡La sombra! ¡Los recuerdos! La luna no vertía

allí ni un solo rayo… Temblabas y eras mía”.

Bella época en la que una rosa era una rosa, y el poema un vaso santo. Lástima que el perfume de la rosa no alcanzó a perfumar su vida, porque cuando menos se esperaba se pegó un tiro en el corazón “porque le dio la gana”. La bala le atravesó el corazón, y según sus biógrafos y mentores, también le atravesó el corazón a Elvira:

“¡Oh, las sombras que se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas…!”

Años más tarde me encontré con la poesía que nos hacía falta para derrotar la bruma melancólica de los años anteriores. Si bien la obra poética de Porfirio Barba-Jacob (1883-1942), quien podría considerarse un caso aislado en nuestra lírica, “va a influir de manera decisiva en la evolución de nuestra lírica” (1), pero son los poetas de la alegría los que trazan los derroteros de nuestra poesía actual: Ciro Mendía (1892-1979), Luís Carlos López (1883-1950) y Luís Vidales (1904-1990), risueño como un niño, con un tacto nuevo, tan nuevo que sorprendió a las cosas y a los hombres, lo que le permitió ser el único poeta de vanguardia, realmente, en nuestra historia.

Superaba “Gotas Amargas” de José Asunción Silva, donde había menos poesía y muchas amarguras; superaba los antipoemas de Luís Carlos López, porque Vidales resultaba más afirmativo; le daba una respuesta diferente a la poesía romántica, que sería la de León de Greiff (1895-1976) -nuestro último gran romántico- al capitalismo que nos invadía, e inauguraba el humorismo sano, fértil, inteligente, de buena gana, como la faceta más difícil de la poesía, sosteniéndolo como el instrumento temperamental más eficaz frente a una sociedad que era entregada en aras de su desarrollo al apetito extranjero. También daba comienzo, entre nosotros, a la llamada posteriormente poesía conversacional, y sobre todo a la literatura urbana en su mejor dimensión, cosa que jamás se recuerda. Su ruptura provenía de la calle, del paraguas, del barrio, del teléfono, del cine, de la cámara fotográfica, de los diarios, del reloj, del aeroplano, de todo cuanto iba a ser el siglo XX” (2). Desde la aparición de Suenan Timbres hasta hoy, ningún otro poeta colombiano ha superado esa alegría y humor, perenne y permanente de Vidales, quien haciendo sonar el nítido timbre de su voz, decía en 1926:

“Pero el dulce muchacho de mi niñez

hace mucho tiempo se ha marchado

yo no sé para dónde”.

Al sur, mucho más al sur, en un paraje edénico del universo, a la vuelta del solar natal, muy cerca del amor fraterno y de la tierra generosa, renovado en pasión por el hombre y las cosas elementales, apareció Aurelio Arturo (1909-1974). Desde muy lejos traía entre sus manos la serenidad de los años, el aroma de la tierra fresca. Y traía también Morada al Sur. “Marginal, discreto, la fluida y parca vena de agua de su poesía corre inextinguible: permanece” (3). Así escribía, y también cantaba Aurelio Arturo:

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En el ánfora oscura de las horas,
mi cuerpo se hace lámpara,
y la sed interior que me devora
no sabe si ofrendar la carne en rosas
o fatigar la madurez en lágrimas.

Amo tu plenitud. Tu cuerpo tibio
como fruta de soles sazonada.
Amo tu boca, floración de otoño,
que mece en mi jardín de primavera
su veleidosa tentación de llama.

Nada importa la estrella de tu sino
que en mi abismo se aparta.
Quiero tu vida aunque mi vida rompa,
quiero tu amor, aun cuando sea el germen
que prenda los olvidos del mañana.

No se amarillan con tu claro ocaso
mis paisajes de grana;
el solo roce de tu ser me enciende
y si mi cuerpo se te ofrece en nido,
mi móvil corazón se te holocausta.
Cógeme entre tus brazos con locura,
o bébeme como agua,
no pienses en el lirio de la tarde,
prolóngate en mi vida, y que los besos
hagan temblar la noche perfumada.

Laura Victoria©

Seudónimo de Gertrudis Peñuela, poeta colombiana nacida en Soatá, Boyacá, en 1904. Tiene su poesía un vigoroso tono erótico y sentimental, matizado de una exquisita sensualidad. Su nombre gozó de una enorme celebridad a mediados del siglo, y mereció elogios de los intelectuales hispanoamericanos, quienes no se cansaron de proclamarla como una de las poetas destacadas de su época, al lado de Juana de Ibarbourou, Alfonsina Storni, Delmira Agustini y Rosario Sensores. Fue miembro de la Academia Colombiana de la Lengua y ejerció el periodismo y la diplomacia en Roma y Ciudad de México.Falleció en mayo de 2004 en Ciudad de México donde se encontraba radicada desde 1939. Entre sus libros publicados sobresalen «Llamas azules» , «Cráter sellado»  y  «Cuando florece el llanto». 

Ahora que los ladros perran,
ahora que los cantos gallan,
ahora que albando la toca
las altas suenas campanan;
y que los rebuznos burran,
y que los gorjeos pájaran
y que los silbos serenan
y que los gruños marranan
y que la aurorada rosa
los extensos doros campa,
perlando líquidas viertas
cual yo lágrimo derramas
y friando de tirito
si bien el abrasa almada,
vengo a suspirar mis lanzos
ventano de tus debajas.
Tú en tanto duerma tranquiles
en tu rega camalada
ingratándote así burla
de las amas del que te ansia
¡Oh, ventánate a tu asoma!
¡Persiane un poco la abra
y suspire los recibos
que esta pobra exhale alma!
Ven, endecha las escuchas
en que mi exhala se alma
que un milicio de musicas
me flauta con su compaña,
en tinieblo de las medias
de esta madruga oscurada.
Ven y haz miradar tus brillas
a fin de angustiar mis calmas.
Esas tus arcas son cejos
con que flechando disparas.
Cupido peche mi hiero
y ante tus postras me planta.
Tus estrellos son dos ojas,
tus rosos son como labias,
tus perles son como dientas,
tu palme como una talla,
tu cisne como el de un cuello,
un garganto tu alabastra,
tus tornos hechos a brazo,
tu reinar como el de un anda.
Y por eso horo a estas vengas
a rejar junto a tus cantas
¡y a suspirar mis exhalos
ventano de tus debajas!

José Manuel Marroquín Ricaurte©

Fue un escritor y estadista colombiano que ejerció la presidencia de ese país entre 1900 y 1904. Miembro de la prominente familia Ricaurte, cuyos antepasados estuvieron estrechamente involucrados en la lucha independentista colombiana.

Desde temprana edad cultivó las letras en sus diversas formas. Colaboró en varias publicaciones periódicas; escribió obras didácticas, entre ellas un «Tratado completo de ortografía castellana» (Bogotá, 1858), calificado como "trabajo perfecto" por el académico español Juan Eugenio Hartzenbusch. Escribió, asimismo, artículos de costumbres, literarios y filológicos; estudios biográficos e históricos y muchas poesías de carácter festivo. Entre todas éstas, aún se recuerda la denominada «La Perrilla». En el campo de la narrativa, Marroquín alcanzó la cumbre de la fama con la novela «El Moro», obra de auténtico valor literario.

La mayor parte de su obra literaria fue publicada bajo los pseudónimos Gonzalo González de la Gonzalera, Pedro Pérez de Perales y El parlanchín entremetido.

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